Ten New Songs es el décimo álbum de estudio de Leonard Cohen, publicado en 2001, y representa uno de los regresos más significativos y silenciosamente poderosos en la historia de la música contemporánea. Tras casi una década de retiro, Cohen volvió con una obra marcada por la contemplación, la serenidad y una profunda madurez espiritual.
Antes de este lanzamiento, el artista había permanecido alejado de los escenarios y estudios de grabación, dedicando varios años a la meditación y a la vida monástica en el monasterio zen ubicado en Mount Baldy. Durante ese período fue ordenado monje budista bajo el nombre de Jikan (“el Silencioso”), experiencia que influyó notablemente en el tono introspectivo y casi ascético del álbum.
Un regreso íntimo y minimalista
Ten New Songs no es un disco grandilocuente ni busca reinventar el sonido de Cohen. Por el contrario, apuesta por la austeridad sonora, la repetición hipnótica y una atmósfera íntima que envuelve al oyente. La producción, dominada por teclados suaves, programaciones discretas y arreglos contenidos, crea un paisaje sonoro sobrio que potencia la fuerza de las letras.
La colaboración con Sharon Robinson fue fundamental: no solo coescribió la mayoría de las canciones, sino que también produjo el álbum. Su voz, presente en coros y armonías, aporta una calidez etérea que contrasta con el tono grave y casi susurrado de Cohen. Esta dualidad vocal genera una sensación de diálogo espiritual constante.
“That Don’t Make It Junk”: filosofía de lo imperfecto
En el corazón del disco encontramos “That Don’t Make It Junk”, una de las composiciones más representativas de esta etapa creativa. La canción funciona como una meditación poética sobre el fracaso, la fragilidad y la redención.
Cohen aborda la idea de que los errores, las pérdidas y las ruinas emocionales no anulan el valor de la experiencia vivida. El título mismo es una declaración poderosa: que algo esté roto no significa que sea basura. En esa frase se condensa una filosofía profundamente humana y compasiva.
Musicalmente, la pieza se sostiene sobre un acompañamiento de teclado delicado y repetitivo, casi litúrgico, que refuerza la sensación de recogimiento. No hay excesos instrumentales; todo está al servicio de la palabra. Como en sus mejores momentos, Cohen convierte lo cotidiano y lo aparentemente trivial en materia de reflexión trascendente.
Madurez, aceptación y serenidad
En este álbum, Cohen ya no canta desde la urgencia ni desde el tormento juvenil que marcó obras anteriores. Aquí encontramos a un artista que ha atravesado crisis personales, espirituales y económicas, y que emerge con una mirada más serena.
La aceptación se convierte en eje central: aceptar la imperfección, aceptar el paso del tiempo, aceptar la vulnerabilidad como parte inseparable de la condición humana. Pero esa aceptación no implica resignación; hay una fe discreta, una esperanza contenida que atraviesa todo el disco.
Ten New Songs es, en definitiva, un trabajo de introspección profunda. No busca impactar con grandes gestos, sino acompañar al oyente en silencio. Es un álbum que respira, que contempla y que invita a reconciliarse con las propias grietas. En él, Leonard Cohen demuestra que la verdadera fuerza artística no siempre está en el volumen, sino en la honestidad y la claridad emocional.
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