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Steve Hackett & Steve Rothery – The Roaring Waves - The Storm

 


           

Steve Hackett & Steve Rothery: The Roaring Waves, un diálogo entre dos guitarras frente al mar

Acaba de caer en mis manos The Roaring Waves, el álbum que reúne por primera vez en un proyecto discográfico propio a Steve Hackett y Steve Rothery, y la sensación es inevitablemente especial. Hay discos que uno recibe como una novedad y otros que, incluso antes de escucharlos, llevan consigo una parte de nuestra propia historia musical.

En mi caso, el vínculo con estos dos músicos viene de muy lejos. Primero estuvo Steve Hackett, descubierto en los años de Genesis, cuando su manera de entender la guitarra abrió dentro del rock progresivo un territorio diferente: menos preocupado por demostrar que una guitarra podía ser protagonista y mucho más interesado en convertirla en atmósfera, textura, emoción y relato.

Años después llegaría Steve Rothery al frente de la guitarra de Marillion, una figura fundamental para entender la segunda gran etapa del rock progresivo británico, la que durante los años ochenta encontró en el llamado neo-progresivo una forma de recuperar parte de aquella ambición musical que parecía haber quedado atrás.

Por eso, encontrar ahora juntos a Hackett y Rothery tiene algo de círculo que se cierra.

Pero había también un cierto riesgo. Cuando dos guitarristas de esta dimensión se encuentran, The Roaring Waves tenía todas las papeletas para convertirse en un ejercicio de virtuosismo o en una sucesión de solos enfrentados. Podían haber caído fácilmente en la tentación de demostrar quién tocaba más, quién tenía el sonido más reconocible o quién podía llevar la guitarra más lejos.

No ha ocurrido.

Lo más interesante del álbum es precisamente que ninguno de los dos parece necesitar imponerse sobre el otro. The Roaring Waves funciona como una conversación. A veces una guitarra toma la palabra y la otra responde; en otras ocasiones ambas se superponen, creando una textura común. Hay momentos en los que una guitarra parece completar lo que la otra acaba de insinuar y otros en los que ambas dejan espacio para que la música respire.

Es una colaboración y no un duelo.

Y quizá ahí se encuentre una de las mayores virtudes del disco.

El mar como punto de encuentro

El mar ha sido desde siempre una fuente inagotable de inspiración para los artistas. En el rock progresivo, además, su presencia ha generado algunas de sus atmósferas más evocadoras: paisajes abiertos, tormentas, viajes, horizontes, naufragios y esa sensación tan característica de encontrarse ante algo inmenso que no podemos controlar.

En The Roaring Waves, el océano no funciona simplemente como una imagen decorativa. Es el hilo conductor de las siete composiciones que forman el álbum.

La relación con el mar está especialmente ligada a los recuerdos de infancia de Steve Rothery en Whitby, localidad costera de Yorkshire. El guitarrista ha explicado que durante los inviernos podía escucharse desde allí el rugido de las olas durante las tormentas, y que aquel paisaje tuvo una importancia profunda en su imaginario. El propio músico ha definido el disco como una forma de expresar aquellos recuerdos y las emociones asociadas al mar.

Es una idea sencilla, pero suficientemente poderosa como para convertirse en el eje de todo el proyecto.

Y hay algo especialmente hermoso en que un músico que ha pasado buena parte de su carrera creando paisajes con seis cuerdas termine regresando, tantos años después, a un paisaje tan elemental como el mar.

Una portada que ya cuenta una historia

Lo primero que me atrajo de The Roaring Waves fue su portada.

Tiene algo difuso, casi fantasmagórico. Predominan los tonos oscuros y azulados, y en medio de un mar aparentemente agitado aparece una pequeña presencia luminosa que parece luchar por no desaparecer entre las aguas.

La imagen, diseñada por Simon Ward, habitual colaborador del universo visual de Marillion, funciona casi como una puerta de entrada al álbum.

Antes incluso de escuchar una sola nota, transmite aislamiento, movimiento y profundidad.

No parece una portada que pretenda explicar el disco. Más bien invita a entrar en él.

Y cuando comienza la música, esa primera impresión adquiere sentido.

Un álbum nacido sin demasiadas ataduras

Uno de los aspectos más interesantes de The Roaring Waves está en su propia forma de gestación.

El proyecto se desarrolló de manera intermitente durante aproximadamente ocho años, condicionado por las respectivas carreras, giras y compromisos de ambos músicos. Parte del trabajo se realizó en Racket Club, el estudio asociado a Marillion, y otra parte en los estudios personales de Hackett y Rothery.

No parece haber existido la necesidad de llegar con todo previamente cerrado.

Por el contrario, buena parte del material surgió del intercambio musical, de las sesiones compartidas y de la improvisación. “The Storm”, por ejemplo, nació de una jam en Racket Club, y esa manera de trabajar ayuda a comprender por qué el álbum conserva una sensación tan orgánica.

No se trata de improvisación entendida como ausencia de dirección, sino de algo mucho más interesante: permitir que las ideas encuentren su propio camino.

Es como soltar las riendas durante un instante y comprobar hacia dónde conduce la música.

En ese proceso también tuvo un papel importante Riccardo Romano, teclista, productor y colaborador habitual de Rothery, cuya aportación ayuda a construir el espacio sonoro alrededor de las dos guitarras. Daniele Pomo participa asimismo en la batería.

El resultado es un álbum en el que las guitarras no están aisladas del resto de los instrumentos, sino integradas dentro de un paisaje mucho más amplio.

“The Storm”: cuando llega la tormenta

Y para entrar en ese universo de The Roaring Waves  no podía haber mejor comienzo que “The Storm”.

El título parece anunciar desde el primer instante el rumbo del álbum y nos devuelve  a la portada con esa embarcación luchando contra las olas .

Antes de que las guitarras ocupen el primer plano aparecen sonidos que nos sitúan frente al litoral: el oleaje, las gaviotas, el ambiente de una costa que todavía parece tranquila. Poco a poco, la música comienza a cambiar.

La pieza se construye progresivamente a partir de la interacción entre ambos guitarristas. Hackett abre el tema con una figura que establece el primer movimiento de la tormenta; después Rothery recoge la idea y responde desde un lenguaje diferente, mientras los teclados de Riccardo Romano amplían el espacio sonoro.

Al principio todo parece suspendido.

La guitarra de Hackett aparece con esa cualidad tan reconocible que ha acompañado buena parte de su trayectoria: una nota puede convertirse en un paisaje y un pequeño fraseo puede sugerir mucho más de lo que aparentemente contiene.

Pero aquí no está solo.

La entrada progresiva de Rothery modifica el escenario. Su sonido, tan ligado a la construcción melódica y a las atmósferas de Marillion, aporta otra perspectiva. No intenta imitar a Hackett ni competir con él. Simplemente introduce otra voz.

Y es precisamente esa diferencia la que hace funcionar el encuentro.

La tormenta comienza a crecer.

Los ritmos se vuelven más intensos, las guitarras se entrelazan y el tema alcanza progresivamente una mayor tensión. Lo que al principio parecía una escena contemplativa termina transformándose en un paisaje mucho más poderoso, con las dos guitarras dialogando y cruzándose hasta alcanzar el clímax.

Después, como ocurre con las tormentas reales, llega el momento en que todo empieza a retirarse.

La música vuelve a dejar espacio.

Y queda la sensación de haber contemplado el temporal desde la distancia.

Dos historias que terminan encontrándose

Escuchando The Roaring Waves es inevitable pensar en los caminos de Steve Hackett y Steve Rothery: el primero, guitarrista fundamental de Genesis y después de una extensa carrera en solitario; el segundo, figura esencial de Marillion y del renacimiento del rock progresivo en los años ochenta. Ambos ya habían cruzado sus caminos musicalmente, pero este álbum lleva aquella relación a un nuevo territorio.

Lo más interesante es que The Roaring Waves no se plantea como un duelo entre dos grandes guitarristas. Hay técnica, pero está al servicio de la atmósfera y de la melodía. Sus guitarras se responden, se complementan y dejan espacio para que la música avance sin que ninguno necesite imponerse.

Quizá esa sea la verdadera fuerza del álbum: dos voces con una personalidad perfectamente reconocible que, después de décadas de trayectoria, encuentran un mismo paisaje frente al mar.



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