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Focus - Hamburguer Concerto




          

Hamburger Concerto: El disco que me desconcertó... y terminó conquistándome

Recuerdo la primera vez que escuché Hamburger Concerto. Por aquel entonces, yo era un fiel seguidor de Focus, esa banda holandesa que parecía tener el don de hacer magia con cada disco. Sus trabajos anteriores, especialmente Moving Waves (1971) y Focus 3 (1972), eran auténticas maravillas del rock progresivo, combinando virtuosismo, melodías inolvidables y una sorprendente capacidad para mezclar el rock con la música clásica y el jazz. Todo ello bajo el talento inagotable de Thijs van Leer y Jan Akkerman.

Así que, cuando este nuevo álbum llegó a mis manos, mis expectativas estaban por las nubes. Esperaba encontrar otro festival de largos desarrollos guitarrísticos y esas melodías que se quedaban grabadas para siempre. Pero tengo que admitirlo: al principio, el cambio de estilo me desconcertó profundamente.

No era un disco inmediato. No era un álbum pensado para impresionar desde la primera escucha. Era una obra mucho más refinada, cerebral y, si se quiere, más europea que cualquiera de sus predecesores.

Un comienzo inesperado

Desde el primer tema, Delitiae Musicae, era evidente que algo había cambiado.

Esta breve introducción de aire renacentista, tan delicada como elegante, me pareció una curiosidad encantadora. Más tarde descubriría que estaba basada en una gaillarde del compositor neerlandés Joachim van den Hove, incluida precisamente en su colección Delitiae Musicae. Era toda una declaración de intenciones: Focus quería mirar todavía más atrás en la historia de la música para construir algo nuevo.

No era un simple guiño a la música antigua. Era la demostración de que la banda entendía la tradición clásica como parte natural de su lenguaje.

La descarga de energía de Harem Scarem

Pero justo cuando empezaba a acostumbrarme a esta nueva faceta, llega Harem Scarem.

Y vaya sorpresa.

El grupo pisa el acelerador y entrega uno de los temas más explosivos de toda su carrera. El riff de Jan Akkerman rebosa energía mientras la sección rítmica empuja la canción con una fuerza demoledora.

Es un auténtico vendaval donde Focus demuestra que seguía siendo una banda de rock en estado puro.

El contraste con la delicada introducción resulta enorme, pero precisamente ahí reside buena parte del encanto del disco. Nunca sabes qué va a venir después.

Cada pocos minutos el álbum cambia de piel sin perder su identidad.

La majestuosidad de La Cathédrale de Strasbourg

Entonces, sin previo aviso, La Cathédrale de Strasbourg me transporta nuevamente al universo de la música clásica.

Aquí el protagonista absoluto es el órgano de Thijs van Leer, que construye una atmósfera solemne y casi litúrgica.

No cuesta imaginarse caminando por el interior de una inmensa catedral gótica mientras las notas resuenan entre las bóvedas.

Es una pieza contemplativa, casi cinematográfica, que demuestra el enorme talento de Van Leer como teclista. Su formación clásica aflora en cada compás y convierte el tema en uno de los momentos más elegantes del álbum.

Birth: Jan Akkerman en estado de gracia

Cuando llega Birth, composición firmada por Jan Akkerman, la guitarra vuelve a tomar el mando.

El comienzo mantiene cierto aire clásico, pero poco a poco el tema va creciendo hasta convertirse en una poderosa pieza de rock progresivo.

La línea de bajo de Bert Ruiter y la batería de Colin Allen aportan una solidez extraordinaria, permitiendo que Akkerman despliegue uno de esos solos que justifican por sí solos la compra del disco.

Su forma de tocar siempre me ha parecido única.

No necesita tocar cientos de notas por segundo para impresionar. Su sonido, su fraseo y su sensibilidad hacen que cada intervención tenga personalidad propia.

En Birth encontramos precisamente eso: un guitarrista virtuoso, pero siempre al servicio de la música.

La gran obra del disco: Hamburger Concerto

La cara B está ocupada casi íntegramente por la suite Hamburger Concerto, una composición cercana a los veinte minutos que representa una de las mayores cumbres de Focus.

Su origen resulta especialmente interesante.

Aunque muchas veces se dice que está basada en una obra de Joseph Haydn, en realidad toma como punto de partida las Variaciones sobre un tema de Haydn, que Johannes Brahms compuso en 1873 utilizando un tema atribuido durante muchos años al compositor austríaco.

La admiración de Thijs van Leer por Brahms era enorme, y eso se refleja constantemente en esta monumental composición.

Sin embargo, Focus no se limita a adaptar una obra clásica.

La transforma.

La reinventa.

La convierte en una auténtica aventura progresiva donde conviven pasajes sinfónicos, momentos de jazz-rock, improvisaciones, cambios de ritmo constantes y una riqueza armónica realmente extraordinaria.

La suite avanza como un viaje lleno de paisajes diferentes.

Hay momentos delicados y casi íntimos que desembocan en explosiones instrumentales de enorme intensidad. Las transiciones son naturales y nunca parecen forzadas, algo realmente difícil en una composición de semejante duración.

El talento colectivo de Focus

Uno de los grandes aciertos de Hamburger Concerto es que ningún músico intenta sobresalir por encima de los demás.

Todos brillan.

Van Leer alterna órgano, flauta y teclados con absoluta naturalidad, además de incluir sus ya célebres vocalizaciones y esos inconfundibles gorgoritos que tanto desconcertaban a algunos oyentes y fascinaban a otros.

Jan Akkerman vuelve a demostrar por qué estaba considerado uno de los mejores guitarristas europeos de la época.

Mientras tanto, Bert Ruiter y Colin Allen sostienen toda la arquitectura musical con una precisión admirable.

Es un disco donde el concepto de banda cobra todo el sentido.

Cada músico ocupa exactamente el espacio que necesita.

Un disco que necesita tiempo

Con el paso de los años comprendí que mi primera impresión había sido injusta.

Simplemente esperaba otro Focus 3, y Hamburger Concerto no quería repetir ninguna fórmula.

Era un álbum mucho más maduro.

Más elegante.

Más sofisticado.

Y, sobre todo, mucho más exigente con el oyente.

Es uno de esos discos que crecen escucha tras escucha.

Cada nueva audición permite descubrir pequeños detalles que antes habían pasado desapercibidos: un arreglo de teclado, una línea de bajo, una modulación inesperada o un diálogo entre guitarra y órgano.

Precisamente por eso terminó convirtiéndose, casi sin darme cuenta, en el disco de Focus que más veces he escuchado.

Una obra imprescindible del rock progresivo

Aunque Hamburger Concerto no alcanzó el enorme éxito comercial de Focus 3, el tiempo ha sido especialmente generoso con él.

Hoy muchos aficionados al rock progresivo lo consideran uno de los trabajos más refinados y ambiciosos publicados durante la década de los setenta.

Es un disco que representa perfectamente la esencia del progresivo europeo: la ausencia de límites, la curiosidad por experimentar y la voluntad de unir siglos de tradición musical con la energía del rock contemporáneo.

No busca agradar desde el primer minuto.

No ofrece canciones fáciles ni estribillos inmediatos.

Exige atención, paciencia y varias escuchas.

Pero precisamente ahí reside su grandeza.

Porque cuando uno consigue entrar en su universo, descubre una obra llena de imaginación, virtuosismo y sensibilidad que sigue sonando fresca más de medio siglo después.

Hamburger Concerto me desconcertó la primera vez que lo escuché.

Hoy, sin embargo, no tengo ninguna duda: es una de las grandes joyas de Focus y uno de esos discos imprescindibles para comprender hasta dónde podía llegar el rock progresivo cuando el talento y la ambición artística caminaban de la mano.



 

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